El veganismo como acto punk

El veganismo como acto punk

El punk nunca fue ropa: la ropa era la consecuencia, no la causa.

Hay una imagen muy instalada del punk. El pelo de colores, las tachuelas, las botas Dr. Martens, el eyeliner corrido. Una estética que el mercado lleva décadas vendiendo en cadenas de ropa fast fashion con mucha ironía y ninguna coherencia. Y claro, cuando el punk se convierte en disfraz de Halloween y en colección cápsula de H&M, es fácil pensar que era solo eso: una forma de vestirse para llamar la atención.

Pero el punk nunca fue ropa. O más exactamente: la ropa era la consecuencia, no la causa.

El punk nació a mediados de los años 70 en Reino Unido como una respuesta directa a un contexto social concreto: desempleo masivo, thatcherismo en el horizonte, una clase trabajadora joven sin futuro y sin representación política que le importara un pimiento lo que les pasaba. No era nihilismo, aunque lo pareciera. Era rabia con una dirección muy clara: el sistema. Las instituciones. La idea de que el orden establecido era natural, inevitable, y que lo mejor que podías hacer era aceptarlo y callar.

El Do It Yourself (el famoso DIY) no era una tendencia de manualidades. Era una declaración política: no necesito que ninguna industria, ningún sello discográfico, ninguna corporación me valide para existir. Me lo fabrico yo. Lo distribuyo yo. Existe porque yo decido que existe, no porque alguien con dinero haya decidido que es rentable.

Eso es subversivo. Eso incomoda. Eso es exactamente lo que el sistema lleva décadas intentando convertir en producto para neutralizarlo.

Y aquí es donde entra algo que la versión mainstream del punk prefiere olvidar.

Cómo el punk conectó con la liberación animal

Desde muy pronto, las mismas personas que le gritaban al gobierno también empezaron a hacerse preguntas incómodas sobre otras formas de dominación que nadie cuestionaba porque estaban demasiado normalizadas. Bandas como Crass o Flux of Pink Indians, en el Reino Unido de finales de los 70 y principios de los 80, ya conectaban la liberación animal con la lucha política libertaria.

Pero no como complemento, sino como coherencia lógica del mismo argumento: si rechazas que el poder decida quién importa y quién es prescindible, esa lógica no puede detenerse donde te resulta cómodo.

El anarcopunk británico

Crass no solo hacía canciones. Tenían una granja comunal en Essex donde vivían, producían su música de forma completamente independiente y rechazaban cualquier forma de colaboración con la industria. Sus letras hablaban de militarismo, de patriarcado, de especismo, de consumismo; todo en el mismo saco, porque para ellos todo venía del mismo sitio. Flux of Pink Indians iban en la misma dirección, la liberación animal no era un tema secundario: era parte integral de lo que significaba oponerse al sistema de dominación en su totalidad.

El hardcore americano y el straight edge

En Estados Unidos, el hardcore de los 80 llevó esa misma línea más lejos y de una forma que merece que nos detengamos un momento, porque el straight edge es probablemente el movimiento más malentendido de toda esta historia.

El straight edge nació a principios de los 80 con Minor Threat en Washington D.C. como rechazo al estilo de vida autodestructivo del punk más nihilista (drogas, alcohol, sexo sin conciencia) no desde una postura moralista ni religiosa, sino desde una lógica política muy concreta: no puedes enfrentarte al sistema si el sistema ya te tiene anestesiado. La sobriedad era una herramienta de resistencia, no una virtud.

¿Por qué el straight edge acabó siendo vegano? (y tenía todo el sentido)

A mediados de los 80, el straight edge incorporó el veganismo de forma casi inevitable. Bandas como Youth of Today, Gorilla Biscuits o Earth Crisis lo hicieron explícito: si la premisa es que no vas a dejar que el sistema te controle el cuerpo y la mente, participar en una industria construida sobre la explotación y el sufrimiento sistemático de otros seres era exactamente lo contrario de esa premisa. No había incoherencia posible, la lógica te llevaba ahí aunque no quisieras.

El straight edge vegano no era un club de gente muy seria sin sentido del humor. Era gente que se había tomado la molestia de llevar el argumento hasta el final, sin hacer el descuento conveniente de «hasta aquí pero no más». Y eso, en un contexto cultural donde el hedonismo autodestructivo era sinónimo de autenticidad punk, era radicalmente contracultural.

Youth of Today tenían una canción llamada No More que se convirtió en uno de esos temas que llevaron a mucha gente fuera de la escena a plantearse por primera vez qué significaba exactamente consumir animales. No porque fuera un sermón, sino porque la coherencia del argumento era difícil de ignorar.

Antiespecismo y antifascismo: el mismo argumento, aplicado hasta el final

El antiespecismo es el rechazo a jerarquizar el valor de los seres vivos según su especie. Suena a concepto filosófico complicado pero es en realidad bastante simple: la idea de que los animales no humanos son recursos explotables porque sí, porque siempre ha sido así, porque es natural, es exactamente la misma estructura de pensamiento que ha justificado históricamente la esclavitud, el patriarcado, el colonialismo.

Siempre hay un grupo que no cuenta del todo. Siempre hay una categoría de seres cuyo sufrimiento importa menos porque alguien con poder ha decidido que es así y ha construido toda una cultura para que parezca lo normal.

Angela Davis señaló que nuestra ceguera respecto al consumo de animales está directamente conectada con el concepto capitalista de mercancía. El animal no humano es propiedad privada a disposición de la producción. No es tan diferente de cómo el sistema ha tratado históricamente a otros cuerpos que no encajaban en la categoría oficial de «sujeto con derechos plenos».

Carol J. Adams documentó la conexión entre los valores patriarcales y la explotación animal. Y tiene sentido si lo piensas: los mismos valores que deciden que ciertos cuerpos son para ser usados, consumidos, descartados cuando ya no son útiles, operan igual independientemente de a quién se los apliquen.

Por qué no puedes ser antifascista y especista al mismo tiempo sin hacer trampa

Esto es lo que hace que el antiespecismo y el antifascismo sean, en realidad, dos caras del mismo argumento. Si la premisa es que no existe ninguna jerarquía natural que legitime que unos dominen a otros, esa premisa no acepta excepciones convenientes. O cuestionas el sistema de dominación en su totalidad, o estás haciendo un descuento que el sistema agradece mucho.

El punk lo entendió en los 80 antes de que nadie lo pusiera en un papel académico. La coherencia política los llevó ahí, pero no planteándolo como una moda, era como consecuencia inevitable de tomarse en serio la premisa con la que habían empezado.

El problema gordo: el capitalismo ya vendió el veganismo

Aquí viene la parte incómoda, que es la que me interesa.

Porque el veganismo tiene un problema enorme, y ese problema se llama capitalismo de bienestar.

El mercado mundial de proteína vegetal lleva años creciendo a doble dígito. Tyson Foods (una de las mayores cárnicas de Estados Unidos) tiene su propia línea de productos plant-based. JBS, la mayor empresa cárnica del mundo, es accionista de BioTech Foods.

Burger King tiene la Whopper vegana, Taco Bell tiene proteína vegana para que tengas las opciones que quieras dentro de su carta, incluso KFC tiene opciones. Y el supermercado de tu barrio tiene un lineal entero de productos veganos con un packaging muy bonito, y un precio que te recuerda que la ética es para quien se la pueda permitir.

Que, de hecho, de ahí viene uno de los matices más cuestionados del movimiento, “la comida vegana es más cara”. No, disculpa señora, la comida vegana PROCESADA podría equivaler al precio de mercado de la comida hecha de productos de origen animal PROCESADOS.

¿Por qué he decidido no consumir productos de origen animal?

Y aquí me paro un momento, porque esto también va de mí.

No soy vegana porque haya hecho un análisis político exhaustivo antes de desayunar. No lo soy porque me haya leído todos los papers sobre especismo, ni porque tenga muy claro cómo articular el argumento filosófico en una cena familiar.

Soy vegana porque a mí nadie me va a decir que tengo que participar en una industria donde los animales son un producto de consumo y no seres vivientes que nos acompañan en este planeta. Punto.

Lo demás: el contexto histórico, la teoría política, la conexión con el antifascismo, viene después y ayuda a entender por qué esto importa más allá de una decisión individual. Pero el punto de partida es ese, y es suficiente.

No necesito que nadie me convenza con datos de que el sufrimiento importa. Ya lo sé. Y desde ahí, el resto se construye solo.

El veganismo político es el acto más disruptivo que puedes hacer hoy

El veganismo político: el que parte de entender que la explotación animal es una consecuencia del mismo sistema que explota a las personas, no un problema de nicho que se resuelve comprando diferente, ese sí incomoda de verdad. Porque obliga a aplicar la misma lógica a todo.

Si rechazas que un animal sea mercancía, tienes que preguntarte por qué aceptas que otros cuerpos, otras vidas, otras comunidades sí lo sean. Y esa pregunta no tiene una respuesta especialmente cómoda.

Salir del sistema siempre ha sido lo más punk

Ser vegana desde una postura antiespecista y políticamente consciente no es una dieta, ni un estilo de vida, ni una identidad de consumo. Es negarte a participar en un sistema opresor en el punto donde más directamente puedes hacerlo. Es salir, aunque sea parcialmente, de una lógica que lleva siglos funcionando precisamente porque la mayoría la asume como natural.

Eso, históricamente, se llama revolución. Y siempre ha incomodado exactamente a las personas que debería incomodar.

El punk nunca murió. Solo evolucionó más allá del pelo de colores y cantar gritando. Y eso, curiosamente, es lo que más les molesta a quienes llevan años vendiendo la estética sin el fondo.

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