(de las que desaparecen antes de llegar a la mesa)
Esto empezó como empiezan muchas comidas buenas, con restos en la nevera y pocas ganas de pensar demasiado. Un bloque de tofu abierto, un bote de tomate seco que llevaba semanas pidiendo atención y ese parmesano vegano que siempre está ahí para salvar cualquier plato. La idea no era hacer albóndigas, pero acabaron saliendo unas bolitas doradas que olían tan bien que, sin exagerar, hubo que apartar algunas para que llegaran a la foto. Y eso, cuando pasa, es señal bastante clara de que la receta merece quedarse.
No son albóndigas “de sustituto”, no están intentando parecer otra cosa. Son suaves por dentro, con trocitos intensos de tomate que van apareciendo en cada bocado y un fondo salado y redondo que hace que no necesites ni salsa para disfrutarlas… aunque con salsa ya es otro nivel.
Lo que hace que esta receta tenga algo especial
El contraste que engancha
El tofu, bien trabajado, es casi como un lienzo. No roba protagonismo, pero recoge todo lo que le pongas. Aquí lo interesante es cómo convive con el tomate seco, que es potente, dulce y profundo, y con el parmesano vegano, que le da ese toque de “plato serio” que no se queda en comida ligera sin más. No es una mezcla plana, pasan cosas en la boca, y eso se agradece.
Además, la textura es parte del encanto. No quedan tipo puré ni compactas como una croqueta, sino con cuerpo, pero tiernas. De esas que puedes pinchar con el tenedor sin que se rompan, pero que al cortarlas siguen estando jugosas.
Cuando el dorado lo cambia todo
Hay un momento en la sartén en el que empiezan a oler a comida de domingo. Ese punto en el que la superficie se tuesta, se carameliza un poco el tomate y el parmesano vegano empieza a fundirse por dentro. Ahí ya sabes que vas bien. No es solo cocinarlas, es dejarlas el tiempo suficiente para que se forme esa capa exterior que luego contrasta con el interior blandito. Es simple, pero es justo lo que marca la diferencia.
Cómo las preparo para que queden así
Trabajar la mezcla sin machacarla
El tofu se desmenuza con las manos, no con batidora, para que queden pequeños trocitos y no una pasta uniforme. El tomate seco va muy picado, repartido, no en bloques, para que cada albóndiga tenga sabor pero no sea todo tomate. Cuando se mezcla todo, no hace falta amasar como si fuera pan, solo integrar lo justo para que se mantenga unido y ya.
Ese punto es importante porque si se trabaja de más, la textura cambia y se vuelven más densas. Aquí buscamos algo más ligero, que no canse.
Formarlas, sellarlas y decidir el destino
Se forman sin complicaciones, tamaño bocado generoso, y van directas a la sartén con un poco de aceite. Primero se sellan, se les da la vuelta con calma, y cuando ya están doradas por fuera puedes decidir si se quedan así, perfectas para bowls o platos con guarnición, o si se van a una salsa de tomate para que se empapen y se vuelvan todavía más jugosas.
En salsa ganan mucho si se dejan reposar unos minutos antes de servir. No porque lo diga la teoría, sino porque el sabor se asienta y se nota.
Dónde encajan estas albóndigas (y por qué siempre acaban repitiéndose)
Van bien con pasta, sí, pero también con arroz, con patatas, dentro de un bocata caliente o incluso frías al día siguiente, que sorprendentemente siguen estando buenísimas. Son de esas recetas que haces una vez “para probar” y luego vuelves a ellas porque sabes que no fallan y porque no necesitas ingredientes raros ni una hora de cocina.
Y eso, cuando llevas un tiempo cocinando vegano, se valora muchísimo.
Si has llegado hasta aquí, ya sabes lo que toca
Guardar la receta, claro. Y si te apetece seguir cotilleando platos que no son complicados pero sí resultones, en la web hay más ideas en esa misma línea: comida vegetal de la que apetece repetir, no solo cumplir. Pásate, mira las otras recetas y dime si estas albóndigas también desaparecen en tu casa antes de que puedas sentarte a comerlas. Porque aquí, aviso, vuelan. 🖤🍽️


